—Señor rey de Marruecos, Mohamed VI, ¿puede explicarme por qué se ha producido una vulneración de la integridad territorial de España, enviando a 80.000 emigrantes a nuestra ciudad de Ceuta?
—Señor presidente de España, le aseguro que mi Gobierno no ha tenido nada que ver. También nosotros fuimos sorprendidos por lo ocurrido. Habrá visto cómo, el día 15 de agosto, impedimos que volviera a suceder. No puedo explicarle cómo se produjo aquella llegada masiva a Ceuta.
—Pues siento decirle que el Partido Popular y Vox me aseguran, con toda convicción, que fue su Gobierno, con el apoyo de Estados Unidos e Israel, quien provocó esta afrenta. Por tanto, consideran que ustedes deben dar explicaciones y pedir perdón. De lo contrario, nos veremos obligados a romper relaciones con su país. Incluso, si volviera a repetirse, lo interpretaríamos como una acción de guerra.
—Ya le he dicho que no fue un plan nuestro y que, por tanto, no vamos a pedir disculpas por algo ajeno a nuestra voluntad. Ustedes decidirán qué hacer. Por lo pronto, no garantizaremos la frontera como nos habíamos comprometido y revisaremos nuestras relaciones comerciales con su país. Y, en cuanto a una posible acción bélica, ustedes sabrán lo que hacen; Estados Unidos nos ha armado muy bien.
Me he permitido comenzar este artículo con esta parodia porque, llevadas al extremo, las críticas y protestas del señor Feijóo ante lo sucedido en Ceuta conducen a un escenario tan absurdo como este. Si realmente cree que Marruecos organizó deliberadamente aquella entrada masiva, debería explicar qué haría él si fuera presidente del Gobierno.
No quiero pensar, sin embargo, que el señor Feijóo sea capaz de plantear seriamente una ruptura de relaciones diplomáticas con Marruecos y mucho menos una acción bélica. Confío en que no sea así. Espero no equivocarme.
Creo que, ante todo, debemos abordar el problema de Ceuta desde la legalidad española y europea. En segundo lugar, los Gobiernos de nuestras comunidades autónomas deben asumir y acoger a los migrantes que les correspondan. Eso sí significa apoyar a Ceuta y ejercer, de verdad, el concepto de patria española: compartir sus dificultades y no dejarlas solas ante ellas.
En tercer lugar, debemos aclarar por vía diplomática, con serenidad y sin precipitaciones, nuestras relaciones con Marruecos. Son relaciones necesarias para España y, precisamente por ello, deben ser gestionadas desde la responsabilidad. En esta tarea, la Unión Europea debería prestar su respaldo inequívoco.
Y, en cuarto lugar, deberíamos dejar algo muy claro a los partidos políticos españoles, a nuestros ciudadanos y, por supuesto, a la propia Unión Europea: los inmigrantes tienen el más alto e igualitario título que podemos reconocer a cualquier ser humano. Antes que inmigrantes, son personas. Y como personas debemos verlos y tratarlos.
Apoyar a Ceuta y Melilla como ciudades españolas no consiste en salir a la calle con banderas y proclamar eslóganes llamativos pero poco creíbles. ¿Acaso alguien piensa en serio que todos somos caballas? Eso sirve para llamar la atención, pero no para ofrecer lo que realmente necesitan sus ciudadanos: compartir sus necesidades y problemas. Esta es la mejor manera de hacerles sentir que el resto de España está a su lado.
Ahora bien, ¿cuál es el verdadero problema en Ceuta? En primer lugar, acoge a varios miles de personas migrantes dentro de su territorio, un volumen que la ciudad no puede asumir por sí sola. Nosotros, siendo 50 millones de personas repartidas en medio millón de kilómetros cuadrados, podemos aliviar significativamente esa carga y, sobre todo, empezar a comprender quiénes son estas personas que abandonan sus países para venir aquí. Ese es el verdadero sentido de todo esto.
He escuchado testimonios de migrantes en Ceuta que llevan casi dos meses en condiciones deplorables. Al preguntarles si regresarían a Marruecos, responden que allí están peor: mientras que allí cobraban 5 euros al día, si consiguen emplearse en nuestro país pueden llegar a ganar una media de 50 euros por día trabajado. También he visto a madres cuyo único deseo es ofrecer una vida digna a sus hijos. ¿Son estos los que algunos llaman «invasores»?
Aunque se recuerde con frecuencia, conviene no olvidar que en los años sesenta más de dos millones de personas emigraron de España hacia condiciones de explotación laboral que hoy denunciaríamos tajantemente. Pero volvamos a la situación actual en Ceuta. Es fundamental comprender que, sin el fenómeno migratorio, España se encontraría hoy en declive económico, de forma similar a lo que ocurre en otros países de la Unión Europea. Por el contrario, nuestra economía crece muy por encima de la media europea, y diversos organismos internacionales señalan que esto se debe, en gran medida, a la incorporación de mano de obra migrante. De hecho, los datos de agosto reflejan que 3,6 millones de trabajadores extranjeros están afiliados a la Seguridad Social.
La migración es la respuesta natural a unas condiciones de vida deplorables en los países de origen. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿por qué los países desarrollados solo nos acordamos de ellos para extraer los recursos y materias primas que necesitamos? El panorama resulta tan desalentador que nadie sale bien parado en esta fotografía. Mientras tanto, España registraba a principios de año más de 150.000 puestos de trabajo sin cubrir, lo que supone una pérdida impositiva y de producción. Al mismo tiempo, afrontamos el reto de la España vaciada. En lugar de conectar estas necesidades y permitir que estas personas construyan una vida digna revitalizando dichos territorios, dejamos que el problema persista.
Como conclusión ante la situación que vive Ceuta, debemos recordar ante todo que cada ser humano, sin distinción, posee los mismos derechos. Quienes recurren al lema egoísta e irracional de la «prioridad nacional» lo hacen desde la falta de empatía. No debemos aceptar este discurso, sino defender la igualdad de todos los miembros de la especie humana.
Antonio Morlanes

