El único requisito para vestir la «roja» es el talento, el esfuerzo y las ganas de sumar
Se ha puesto de moda repartir carnés de buen español. Unos los conceden y otros los retiran como si la nacionalidad fuera un privilegio y no una simple circunstancia del nacimiento. Quizá por ello convenga detenernos a observar quiénes habitamos este país. La fotografía obtenida nos ayudará a saber hacia dónde vamos y qué futuro pretendemos alcanzar para las generaciones venideras, pues es nuestra obligación dejarles un territorio en las mejores condiciones posibles. Según cifras del INE, España cuenta con 49,7 millones de habitantes: 6,6 millones tienen menos de 15 años; 32,85 millones tienen entre 15 y 65 años; y 10,25 millones superan los 65 años. Sobre esta fotografía proyectemos la reflexión del papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas: «La elección de hoy consiste en levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos».
Sin embargo, tengo la sensación de que quienes más dicen identificarse con la Iglesia católica son, precisamente, quienes menos comulgan con este mensaje. Para entenderlo mejor, basta observar cómo los partidos de extrema derecha y quienes se han visto arrastrados porese discurso (la derecha extrema) parecen arrogarse la facultad de conceder el carné de español. Si al total de habitantes en España (los 49,7 millones que ya habíamos referenciado) descontamos a todos aquellos de cuya españolidad tanto Vox como el PP ponen en duda, nos queda lo siguiente: 10,5 millones de inmigrantes; nacionalistas e independentistas que, según las últimas elecciones generales, sumaron 1,7 millones; y todos aquellos, sin cuantificar, que por su ideología no son adjetivados como patriotas. Al final, va a quedar una España escasa de habitantes. Ahora deberán decirnos a dónde debemos ir los que no obtengamos, según ellos, el carné de español.
Curiosa paradoja en un fin de semana donde todo un país se abraza en torno a la final del Mundial; un escenario donde el único requisito para vestir la «roja» es el talento, el esfuerzo y las ganas de sumar, aunque sea a través de los goles. Volviendo al núcleo del artículo, y tras este guiño a la selección, dejemos a un lado unas cuentas que no aportan solución. La única respuesta posible es reconocer que todos somos personas que convivimos en una misma sociedad y que cada uno contribuye con lo que mejor ofrece y las normas le exigen. Todos deberíamos situarnos en un mismo plano de derechos y deberes, reduciendo desigualdades dentro de una sociedad sustentada en el consenso y la mayoría.
Thomas Jefferson manifestó: «Creo que la ley más importante con diferencia de todo nuestro código es la de la difusión del conocimiento entre el pueblo. No se puede idear otro fundamento seguro para conservar la libertad y la felicidad». En efecto, las normas para una convivencia justa solo adquieren sentido cuando son conocidas. Aunque el artículo 6.1 del Código Civil establece que «la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento», este principio requiere de una ciudadanía con un nivel cultural suficiente para comprender el modelo de sociedad al que pertenece.
Lo cierto es que esta consideración sobre la condición que otorga el nacimiento tiene poco valor. Si ser español pretendiera ser una garantía de cómo ser en la vida, lo mismo sucedería en otros territorios. Insisto en la pretendida cualidad que aportan unas fronteras que solo significan lo mediocres que somos los seres humanos.
Parece que el apelativo de «español» está arraigado al territorio que va entre Francia y Portugal, más o menos. Hagamos un poco de historia: los humanos aparecieron en la península ibérica hace 1,2 millones de años y desde entonces han pasado por aquí, dejando su rastro: tartesios, íberos, fenicios, celtas, romanos, godos y árabes. De la mezcla de todos ellos, y de alguno más, estamos aquí nosotros presumiendo de pureza de raza. Así que me pregunto: ¿qué es ser español? Creo que tiene una respuesta con un doble sentido: una identificación geográfica y, el más importante, la aceptación de la especie a la que pertenecemos. Si no somos capaces de anteponer esto, ni la bandera ni el territorio nos otorgarán identidad moral alguna.
No seamos nacionalistas de medio millón de kilómetros cuadrados; ampliemos la mente por pertenecer al mundo y al momento que nos toca vivir. Conjuntemos intereses para avanzar como especie humana. Ya lo decía Cicerón: «Hemos nacido para unirnos con nuestros semejantes y vivir en comunidad con la raza humana».
Y es precisamente en esa unión y en esa pluralidad donde reside nuestra verdadera fuerza. Este domingo, cuando el balón eche a rodar en la final, nuestra selección no solo jugará por un trofeo y una estrella más en la camiseta; jugará demostrando que la diversidad nos enriquece y que el esfuerzo nos hace imparables. Dejemos atrás los carnés y la política y rememos en la misma dirección.
¡Vamos, España! ¡A por la victoria!
Antonio Morlanes

