Tengo la firme convicción de que a los ciudadanos españoles nos están engañando. Nos dirigen hacia un modelo de sociedad totalmente alejado de nuestras verdaderas preocupaciones. Diversos colectivos intentan vendernos la idea de que vivimos en un país atrasado, que la falta de libertades ha acabado con la democracia y que la mayoría de la población se encuentra por debajo de los niveles mínimos de subsistencia.
La cuestión es doble: ¿creemos acaso que todas las mañanas nos levantamos en un país como Burundi o Somalia? ¿O nos percatamos de que todo este embrollo de información solo responde a una guerra de intereses por el poder? Estoy seguro de que la inmensa mayoría de los 50 millones de personas que vivimos en España no tomaríamos la decisión de abandonar el país por considerar que no es el lugar idóneo para llevar una vida digna. Creo que es preciso que digamos: ¡Basta ya! Existen cuestiones fuera de todo debate: que España es un país democrático, con total garantía de libertades y cumplimiento de los Derechos Humanos. Quien sea tan ignorante o malintencionado como para negarlo, que lo manifieste con razones claras.
Entremos de lleno en materia: resulta imprescindible que nos sometamos a un ejercicio de introspección analizándonos como sociedad. Parecemos vivir en dos mundos paralelos, capaces de desdoblarnos según el entorno en el que nos encontremos. Sirva de ejemplo lo ocurrido cuando la selección española de fútbol se proclamó campeona del mundo: la inmensa mayoría nos volcamos en una apasionada muestra de apoyo y sentimos, por un momento, que todos éramos campeones. ¿Qué habría sucedido si nos hubiesen eliminado en la primera fase? Con casi toda certeza, el orgullo patrio y el «Yo soy español» habrían quedado guardados en un cajón.
El otro mundo es el que nos despierta por la mañana y nos enfrenta al día a día. Es en ese momento cuando nos vemos al espejo, entendemos lo que somos y asumimos que debemos hacernos cargo de nuestra propia responsabilidad; aquí no hay selección nacional que valga. No obstante, esto siempre tiene variantes unidas a nuestra forma de ser. En muchas ocasiones, cuando los problemas ganan terreno, un número indefinido de personas busca a quién responsabilizar, sin entender que la vida está hecha de aciertos y equivocaciones.
Cuando nos desentendemos de nuestras propias decisiones, entregamos a terceros la capacidad de guiarnos por donde ellos consideren. La reflexión basada en la cultura nos permitirá estar conformes con nosotros mismos y lograr que aquello que decidamos lleve nuestro propio sello. Tampoco importa si, tiempo después, comprendemos que es necesario modificar lo decidido: eso forma parte de nuestra capacidad intelectual y nos garantiza un aprendizaje continuo desde nuestra libre voluntad.
El fundamento de la existencia de cualquier persona reside en construir su propia manera de ser, y no hay otro camino para ello que el aprendizaje y, a través de él, la creación de ideas propias que puedan contraponerse o complementarse con las de los demás. Hacerlo en total libertad es, por tanto, una condición sine qua non. Pero todo tiene su riesgo. Aun estando España en un sistema democrático, ciertos grupos de presión y de opinión se empeñan en que sus ideas sean las únicas válidas, y esto con el único fin de alcanzar el poder; no les interesa que los ciudadanos analicen la realidad y tomen sus propias decisiones.
Sirva como ejemplo la época que vivimos con la proliferación de tertulianos que nos dicen a diario quiénes somos, para qué existimos y cuál es nuestro fin en la vida. Si reflexionamos sobre sus intervenciones, observaremos que se presentan como una fuente inagotable de sabiduría: conocen de todo y tienen soluciones para los problemas que ellos mismos definen. Tan es así que, frente a presuntos delitos políticos o sociales, marcan el camino que debería recorrer la justicia, creyéndose en conocimiento y razón por encima de los propios jueces.
Y esto no tiene otra solución que la cultura basada en la educación, la cual nos conduce a ser verdaderas personas y ciudadanos. Comprendí mejor esta línea de actuación leyendo la novela El lobo estepario, del premio Nobel Hermann Hesse, quien definía al individuo en su dimensión más personal: «El hombre no es de ninguna manera un producto firme y duradero; es más bien un ensayo y una transición; no es otra cosa que el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu».
Antonio Morlanes

