Ad captandum vulgus

El tiempo es, quizá, la realidad sobre la que menos reflexionamos a lo largo de nuestra existencia. Y, sin embargo, está presente en cada instante, en cada paso que damos, aunque rara vez lo reconocemos como el silencioso compañero de nuestro viaje.

Me gusta imaginarlo como una línea infinita por la que todos avanzamos. Caminamos sobre ella hasta que, llegado un momento —por la causa que sea, pues entonces ya carece de importancia—, dejamos de formar parte de su recorrido. El tiempo nos ha apartado de su lado o, dicho de otra manera, nuestra historia ha concluido, tal y como estaba previsto desde el mismo instante en que nacimos.

Ahí estamos con nuestro pequeño fragmento de tiempo, el que nos ha tocado en suerte. La cuestión es que debemos ser conscientes del uso que queremos darle, pues sucede con frecuencia que transitamos por esa línea sin percatarnos de que la dejamos vacía, de que nuestra vida ha carecido de sentido y de que, además, no hay vuelta atrás.

¿Por qué hago esta reflexión sobre nuestra existencia en el tiempo? Porque considero necesario tomar conciencia de la temporalidad de la vida y del uso que hacemos de ella.

Vivimos momentos confusos y profundamente polarizados. Quienes habitamos el mundo desarrollado tendemos a pensar que todo debe ser positivo solo para nosotros de forma individual y al menor coste posible. No asumimos que la principal responsabilidad sobre nuestras vidas nos corresponde a nosotros mismos y no a terceros. Esta actitud conduce, además, a una negación del significado de la propia condición humana. Nos consideramos habitantes de la parte buena del mundo y creemos que debemos ser excluyentes con quienes viven en la otra, la de los marginados, los invisibles… los pobres. ¿En qué ley natural está escrito que algunos no son personas y, por ello, no forman parte de la especie humana?

Creo que la indecencia en la que está cayendo esta sociedad avanzada y desarrollada es la mejor manera de pasar a la historia como la era del egoísmo. Disfrutamos de un bienestar social como nunca antes se habría podido soñar y, además de apropiarnos de los recursos de los países pobres, maltratamos a sus ciudadanos, convirtiéndolos en esclavos de su necesidad.

Por ello, es necesario que reconsideremos nuestro papel, pues, de lo contrario, estaremos dando la razón a Ortega y Gasset —acerca de cómo es el ser humano—, cuando afirmaba: «La mayor tragedia humana es la falsificación de la vida. Consiste en intentar suplantarnos a nosotros mismos y traicionar su propio destino».

¿Cómo podemos justificarnos cuando nos miramos al espejo? ¿Qué es lo que vemos: un individuo solitario y mezquino o una parte de un conjunto generoso y creativo?

Deberíamos ejercitar más la reflexión basada en la duda, comprender que recorremos un camino y que hacerlo en soledad, únicamente por el interés de llevar los bolsillos llenos, constituye un pobre recorrido. Es cargar con un peso inservible antes de llegar al final. Me refiero al peso de la riqueza económica, no al de la riqueza intelectual, que sí es necesaria.

Estamos ante un problema que nos afecta a todos, aunque no por las mismas razones: la desigualdad. Esta crece como una planta maligna que impide el desarrollo de la cosecha común. Esa planta, llamada riqueza egoísta, es cada vez más grande, pero pertenece tan solo a unos pocos.

Si tratamos de entender cómo participamos en la convivencia, por muchas disquisiciones que hagamos, solo existen dos maneras de concebirla. Por

un lado, están quienes consideran que el Estado debe ser pequeño y que cada individuo debe responsabilizarse de su propia vida, sin preocuparse por el resto. Por otro, quienes creen que el Estado debe ser lo suficientemente fuerte como para que nadie quede al margen y todos se vean integrados.

Estas dos formas de entender la sociedad son, en términos generales, las que conocemos como derecha conservadora e izquierda progresista. Una y otra deben ser capaces de convencer a la mayoría de la bondad de sus tesis; como se dice en política, ad captandum vulgus («para seducir a las masas»).

Sin embargo, es necesario reconocer que los partidos de derechas presentan una ramificación más limitada. Saben que sus intereses son esencialmente materiales y que responden, sobre todo, a las necesidades del presente. Los partidos de izquierdas, por el contrario, no dejan de multiplicar sus ramas y, aunque comparten un tronco común, unas apenas se relacionan con las otras.

Cada una posee sus propias peculiaridades: unas hacen de la defensa del medio ambiente su principal bandera; otras encarnan la lucha contra la riqueza y las desigualdades; otras, finalmente, se identifican con el animalismo y aspiran a elevar a las especies animales al mismo nivel que la especie humana.

Podemos encontrar tantas variantes como en un bazar. La cuestión es que todas ellas deberían ser capaces de entenderse y complementarse en ese tronco común, porque la incomunicación entre las ramas suele responder, más que a diferencias insalvables, a intereses personales.

Quiero finalizar este artículo con una reflexión que José Martínez Ruiz, Azorín, dirigió a Miguel de Unamuno: «Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí, aprender a pensar y sentir por sí mismo, y no por delegación, y, sobre todo, tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y su valor».

Antonio Morlanes