La solidaridad es incolora

Libertad y respeto

«La inteligencia está sobrevalorada. Prefiero la brutalidad y la intimidación para mantener el orden en mi reino». Idi Amin, presidente de Uganda.

«En realidad me uní al movimiento porque me encanta matar gente, pero no se lo contéis a nadie». Pol Pot, dictador de Camboya.

«Las ideas son mucho más poderosas que las normas. No permitimos que nuestros enemigos tengan armas, ¿por qué deberíamos dejarles tener ideas?». Josef Stalin, presidente de la URSS.

«Porque ser libre no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino vivir de una forma que respete y potencie la libertad de los demás». Nelson Mandela, presidente de Sudáfrica.

«Tomemos nuestros libros y nuestros lápices. Son nuestras armas más poderosas. Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo». Malala Yousafzai, activista pakistaní, Premio Nobel de la Paz.

«La verdadera paz no se encuentra en el silencio de las armas, sino en el clamor de las voces por la justicia». Jane Addams, activista por los derechos humanos, Premio Nobel de la Paz.

Vivimos tiempos en los que el racismo forma parte de nuestras inquietudes, como si fuera el pilar sobre el que se fundamenta la inseguridad –tanto la personal como la territorial– e incluso las diferencias religiosas. Damos por hecho que el color de la piel, unido a la pobreza, conforma un ejército enemigo dispuesto a destruir nuestro modelo de convivencia e implantar el suyo.

He querido iniciar este artículo con seis citas: las tres primeras pertenecen a personajes que sembraron el crimen y la maldad a lo largo de su existencia; las tres últimas encarnan justo lo contrario: la defensa del bien común y la dignidad humana. Si los visualizamos en nuestra mente, comprobaremos que en ambos lados hay personas de distintas razas, cada una con sus particularidades físicas. Esto demuestra que el origen étnico. La anatomía no fue óbice para que cometieran las mayores atroces arbitrariedades o para que lucharan por la justicia.

Las personas elegimos nuestro camino con total independencia de nuestra fisonomía. Pensar que la pigmentación de la piel condiciona el comportamiento no solo es un error conceptual, sino una profunda mezquindad. El pensamiento humano se moldea a través de la cultura y la educación recibidas, no del código genético. Cuando algunos califican a quienes cruzaron la frontera en Ceuta como un «ejército invasor», delatan una inmensa falta de solidaridad humana hacia quienes solo buscan auxilio.

Quienes estamos aquí solemos asumir que ser españoles es un mérito propio, mientras que a aquellos que provienen de países en desarrollo no los consideramos merecedores de nuestra comprensión. Negarnos a hacerles un hueco en nuestro espacio nos define como seres carentes de la fraternidad que todos deberíamos cultivar y asumir como realidad.

Si miramos a nuestro alrededor, observamos también marcadas diferencias de clase: por un lado, grupos a los que la posición social ha dotado de privilegios; por otro, la gran mayoría, que debe sacrificarse a diario para alcanzar una subsistencia digna. Esto se evidencia de forma acuciante en la crisis actual de la vivienda. Los movimientos reivindicativos se ven abocados a actuar casi como «inmigrantes en su propio territorio», exigiendo el derecho legítimo a un techo digno bajo el cual desarrollar una vida normal.

Todos los Estatutos de Autonomía recogen la competencia exclusiva en materia de promoción de la vivienda y solución del problema habitacional para sus ciudadanos. Sin embargo, esta obligación parece pasar inadvertida para muchas comunidades autónomas y ayuntamientos, que guardan silencio o se niegan tajantemente a aplicar la Ley por el Derecho a la Vivienda aprobada por las Cortes en 2023, la cual les dota de herramientas e instrumentos legales para actuar.

Recientemente he escuchado al líder de la oposición proponer como solución la construcción de un millón de inmuebles. Y cabe preguntarse: ¿por qué no exige a las comunidades autónomas gobernadas por su propio partido que comiencen a construir vivienda social de inmediato? Los ayuntamientos son titulares de abundante suelo público y deberían, además, agilizar la concesión de licencias urbanísticas.

Se suele repetir que el problema de la vivienda es enormemente complejo. No es cierto: es tener la voluntad política real de resolverlo: actuar fiscalmente sobre los grandes tenedores para desincentivar su especulación, hacer que las comunidades ejerzan sus competencias junto a los ayuntamientos, y que los poderes ejecutivo y legislativo garanticen condiciones sociales para los alquileres, como contratos indefinidos. En suma, se trata simplemente de que todos los poderes públicos hagan cumplir, de una vez por todas, el artículo 47 de la Constitución Española.

Antonio Morlanes