Estamos inmersos en una nueva era, la que ya se conoce como la era de los agentes de la inteligencia artificial (IA), y parece que esta nueva situación la estamos acogiendo como una solución para nuestras vidas actuales. Yo, desde luego, no estoy muy convencido de ello.
Por decirlo de otro modo, y recurriendo a un ejemplo que me afecta de manera muy directa, en mi actividad cotidiana de escribir artículos, mi rutina consiste en buscar un tema atractivo, reflexionar sobre él, elaborar mis propias ideas y encontrar la mejor forma de transmitirlas con claridad a mis lectores. Ese proceso exige tiempo, esfuerzo intelectual, criterio y creatividad. Sin embargo, hoy bastaría con disponer en mi portátil de una aplicación de inteligencia artificial y pedirle que me escribiera un artículo sobre cualquier asunto que considerase de interés. Incluso podría delegar en ella la elección de los temas de actualidad, dejar que desarrollara el contenido y, finalmente, limitarme a firmarlo como si fuera mío. En ese escenario, mi principal mérito ya no sería pensar, analizar ni crear, sino simplemente tener la capacidad económica para adquirir el agente de IA adecuado y servirme de él. De ese modo, el esfuerzo intelectual quedaría reducido al mínimo, y la tarea que hasta ahora exigía ejercitar mis neuronas se convertiría en una mera gestión mecánica: teclear una orden.
En definitiva, si delegara por completo en la IA la tarea de pensar y crear por mí, terminaría reduciéndome a una existencia pasiva y vegetativa; dicho crudamente, me convertiría en una planta, como aquel personaje de La que se avecina que acabó siendo sustituido por una maceta en su puesto de trabajo y vio cómo su vida iba de mal en peor. Aunque se trate de una ficción presentada en clave humorística, la metáfora resulta profundamente reveladora: cuando el ser humano renuncia a ejercer sus capacidades y entrega a «algo» aquello que da sentido a su existencia se corre el riesgo de volverse prescindible, y eso… no lo queremos, ¿no?
Siempre he sido un gran defensor de los avances tecnológicos. Ya en los años setenta trabajaba en un centro de proceso de datos, y mi visión acerca de las nuevas tecnologías siempre ha sido que constituyen un eficaz instrumento de apoyo para la evolución de las personas, que son quienes deben ser el verdadero motor del desarrollo a través de las ideas. Ese es un espacio que ninguna máquina debería llegar a ocupar.
Sé que la capacidad creativa nos conduce hacia los grandes avances de nuestra especie. Desde hace bastante tiempo se trabaja en la posibilidad de crear vida humana en el laboratorio y, con ello, se pretende recorrer un doble camino: por una parte, el del conocimiento, es decir, comprender cuál es el origen y el proceso de la vida, para poder entenderla mejor y conseguir que nuestra existencia sea lo más plena y beneficiosa posible. Por otra parte, están quienes buscan convertirse en la propia Naturaleza y arrebatarle su papel creador. Esto no supone ningún avance; solo representa el endiosamiento y enriquecimiento de quienes persiguen ese objetivo. Sin duda, yo me quedo con lo primero.
Con relación a los avances tecnológicos para generar lo que denominamos IA, sucede algo parecido. A quienes he definido como «creadores de vida» les ocurre lo mismo que a quienes pretenden atribuir «inteligencia» a la IA (aunque lleve el sustantivo intrínseco en su nombre): por mucho que deseen otorgarle ese papel, la inteligencia sigue residiendo en las personas, y son ellas quienes, mediante su uso, dan sentido a la vida. Cada individuo debe ser capaz de desarrollar su propia inteligencia según sus criterios y decisiones.
No podemos abrir la puerta a las próximas generaciones negándoles la esencia de su propia especie: nacer solo para esperar la muerte. Y además, con los avances en la mejora de la salud, esa espera podría ser demasiado larga.
La cuestión es que no estamos ante una fotografía estática. La tecnología avanza constantemente y, además, lo hace sobre sí misma; esto significa que la velocidad de la innovación es cada vez mayor. Lo que hoy conocemos como IA, en la siguiente etapa habrá quedado obsoleto, y nos encontraremos ante un nuevo reto que deberá utilizarse de inmediato como herramienta de apoyo a nuestras acciones. Además, abrirá un nuevo campo de debate sobre su implicación en la gestión de la vida humana.
Sin embargo, existen cuestiones que siguen reclamando solución y justicia, y nunca terminamos de encontrar la forma de garantizar un equilibrio igualitario para la especie. La filósofa francesa Corine Pelluchon afirma que: «Si queremos preservar la democracia en el siglo XXI, debemos redescubrir una forma de poder que no aplaste, un poder que no humille y una política que elija la vida por encima del control». En realidad, se refiere a la necesidad de hacer plenamente efectiva la Declaración Universal de los Derechos Humanos, porque la capacidad que tenemos para definir cuál debe ser nuestro comportamiento es inmejorable; otra cosa es convertirla en realidad.
La distancia que existe entre los avances tecnológicos y los avances sociales sigue creciendo, y no es posible que no entendamos la importancia que esto tiene para el desarrollo de nuestra especie. No es lógico que hagamos planes para derivar nuestras funciones hacia agentes de IA porque, en primer lugar, dichos agentes obviarían nuestras asignaturas pendientes.
¿Cómo transmitirles que pertenecemos a una misma especie, la humana, y que todos sus miembros somos iguales -hombres y mujeres, negros y blancos, heterosexuales y homosexuales, junto a muchas otras diferencias que diversifican, pero no diferencian en dignidad-?
En segundo lugar, ¿cómo ser capaces de incorporarles nuestra principal esencia, que es la duda? Sin ella no habríamos sido capaces de
evolucionar. Vivir asentados en la duda es lo que nos permite pensar para encontrar soluciones.
En definitiva, nunca podrá equipararse la tecnología que soporta la IA con nuestra libertad de pensamiento, porque pensar no consiste únicamente en procesar información, sino en cuestionarla, interpretarla y dotarla de sentido desde la conciencia. Ahí reside la diferencia esencial entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Como expresó René Descartes en su célebre afirmación, cogito, ergo sum -pienso, luego existo-: es en la capacidad de pensar libremente donde reside la verdadera esencia de nuestra humanidad.
Antonio Morlanes

