El 1 de abril marcó el inicio del viaje a la cara oculta de la Luna, y la astronauta Christina Koch, tripulante del Artemis, envió un mensaje muy significativo: «Cuando ves la Tierra desde el espacio… te das cuenta de que todos somos uno». Sin embargo, desde aquí abajo, tendemos a considerarnos una multitud fragmentada. Por diversas circunstancias, nos hemos encerrado en nuestra individualidad y nos creemos autosuficientes. ¿Para qué? En realidad, para nada; solo para mostrar nuestra peor faceta: el egoísmo.
La recesión de 2008 y la respuesta basada en la austeridad; la decisión de los británicos en 2016 de abandonar la Unión Europea; y el cambio en la forma de entender la democracia en Estados Unidos a partir de 2017, con el primer mandato de Donald Trump, marcaron el inicio de movimientos políticos antisociales y contrarios al sistema democrático. Como suele ser habitual, cada vez que han ocupado espacio en la sociedad, han promulgado y defendido el pensamiento único –el suyo, por supuesto–, y esto es como una enfermedad contagiosa que se va inoculando en los miembros de nuestra especie. Es necesario reaccionar y comprender que, para una convivencia justa, la diversidad no solo es
necesaria, sino beneficiosa. Para ello, es condición sine qua non la existencia de una derecha y una izquierda cuya responsabilidad principal sea la defensa sin límites de la democracia en libertad.
Sin embargo, la realidad parece apuntar en sentido contrario. Da la impresión de que tomamos como referencia al movimiento Völkisch, surgido a finales del siglo XIX y activo hasta el final de la época nazi. Se caracterizaba por su ideología etnonacionalista, basada en la idea de «sangre y tierra», en su identificación con la raza como propietaria del suelo y en la exclusión de influencias extranjeras, especialmente de los judíos. El mundo agrario y la tradición constituían su referencia. Este movimiento tuvo un peso relevante en el nazismo: la cruz gamada utilizada por los Völkisch fue incorporada a la bandera del partido nazi, y Hitler, enMein Kampf (Mi lucha),afirmaba hacer una política Völkisch. Considero que existe poca duda en la relación entre la doctrina de este movimiento y la defensa a ultranza del concepto de «prioridad nacional» que hace la extrema derecha aquí en España, y que se complementa con su homofobia y la negación de la violencia de género.
Debemos asumir, como una cuestión incuestionable, que la convivencia en libertad –entendida desde la igualdad entre todas las personas– es la única forma viable de organizar la vida en sociedad; lo contrario conduce inevitablemente a una sociedad rota, desigual e injusta. Manuel Azaña, en La velada en Benicarló, afirmaba que «El español destruye con una mano lo que construye con la otra, y para destruirlo se ayuda con los pies». Es necesario cambiar esta inercia; son demasiadas las asignaturas pendientes. No es posible mantener la posición tradicional del hombre en la sociedad y, al mismo tiempo, procurar avanzar hacia la igualdad de la mujer. Esto debe ser como los vasos comunicantes: si uno sube, otro baja, hasta conseguir el equilibrio. Es una cuestión de lógica y de justicia. Del mismo modo, el poder económico debe comprender que necesita al pueblo: sin él, carece de sentido. Ninguno de los derechos y libertades conquistados nos ha sido regalado; no tienen marcha atrás y, por supuesto, el retroceso siempre está ojo avizor y listo para reemplazar todo lo que signifique igualdad entre las personas. No podemos pasar un solo día sin valorar el significado del camino recorrido.
Vivimos un momento en el que la extrema derecha ha percibido la oportunidad de impulsar una transformación hacia un modelo excluyente, en el que solo tienen cabida quienes encajan en un círculo definido por ellos mismos: una selección basada en la raza, pero también en la orientación sexual, la identidad de género, las creencias y, sobre todo, el pensamiento. Quienes no cumplen esos requisitos quedan fuera del grupo. La educación de las nuevas generaciones es, por tanto, una responsabilidad ineludible para que entiendan la convivencia en igualdad como la única forma de ser persona.
Creo que aquello que conocemos como «tener el poder» no debería significar situarse por encima de los demás. En política, el verdadero sentido debe estar vinculado a aquellos a quienes los ciudadanos elegimos para que representen nuestros intereses. Esto implica que la soberanía popular es el fundamento último, y que quienes ocupan las instituciones están al servicio del conjunto. Cuando ciertos sectores de la derecha consideran que el poder les corresponde por herencia o que solo ellos poseen las claves del gobierno, se alejan del verdadero significado de la convivencia humana.
Garantizar la comunión entre todos los miembros de la especie y, al mismo tiempo, entender que somos solo una parte del planeta que habitamos es comenzar a dar sentido a nuestra existencia. Retomando la imagen del viaje del Artemis, deberíamos comprender que lo que veían los astronautas no eran países, sino un único planeta que alberga y sostiene miles de especies. Por tanto, el invento de las fronteras es consecuencia de la falta de entendimiento entre las personas, creado solo para el beneficio de unos pocos, que además defienden o atacan esa posesión con la vida de aquellos a quienes esas fronteras no les aportan ningún valor. Una vez más, conviene insistir: solo la convivencia en igualdad y respeto da verdadero sentido a la vida.
Antonio Morlanes

